
Mis manos acarician los hombros desnudos de las miradas sensibles y amables de muchas que quieren ser solo un amor que dure lo que queda del camino. Me envuelven las piernas de esa que encarna a todas las piedades que creo merecer y que no llegan jamás, pero ahí están decomisadas en el puerto de su piel, sin salir, atrapadas en el deseo apurado de beber de sus pechos, sin cruzar los estereotipos logrados en su mente, el maldito pensamiento construido de que todas y todos son iguales, queriendo lo mismo en cada instante, unos seguridad y otros placeres y termina siendo al revés, pero la vida pide a gritos de los dos para los dos.
Así, tan cruel, cuando lavo mi rostro, el agua fría que descansa levemente en mi semblante me devuelve la forma de mi angustia y mis dolores de abandono, de los besos que no he dado y de los brazos que no abrazan. Hoy no estoy esplendido, hoy no estoy humano, hoy no estoy…
Paul Gasê
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